25 cuadras

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Es muy raro que salga del trabajo después de las nueve de la noche. Mi jornada laboral finaliza justo a esa hora e intento no permanecer dentro del local ni un minuto extra, debido a que una de las pocas veces que lo hice, me robaron. Los pocos segundos que la cortina automática demora en bajar se me hacen eternos, porque es en el preciso momento en que su motor se detiene, cuando comienza mi caminata nocturna de regreso a casa.

Son aproximadamente 25 cuadras. He intentado contarlas con exactitud pero hay varios pasajes, cortadas, cuadras más largas seguidas por otras más cortas y un parque, que hacen difícil dar un número exacto. Pero en promedio, la distancia que separa mi trabajo de mi hogar es de 2500 metros.

Las primeras cinco cuadras son de cabotaje. Aburridas. Camino en el sentido contrario al tráfico, al costado de una de las tantas avenida de la Ciudad de Buenos Aires cuyos semáforos se encuentran sincronizados para que el tránsito circule, sin detenerse, a cuarenta y cinco kilómetros por hora, lo que trae aparejado un caudal de autos mayor al que la vía está preparada para soportar y provoca un feroz embotellamiento.

Esas cinco cuadras son largas, anchas y muy aburridas. Por ellas casi no camina nadie y los únicos comercios que aún permanecen abiertos, están próximos a cerrar sus puertas. Nada trascendente sucede durante esos quinientos metros. La cuadra que sigue, en cambio, es bastante distinta.

La diagonal que se funde con la avenida tiene un semáforo de luz roja bastante extensa y una verde demasiado corta. Frente a él, acostumbra formarse una fila de autos muy larga. No hay manera de que todos los vehículos detenidos logren avanzar cuando el semáforo cambia a verde y es por eso que todos los conductores aguardan atentos el cambio de luz. Nunca falta el distraído que no avanza e impide avanzar a los demás, despertando la ira de los mismos y sus correspondientes bocinazos. En la misma esquina, al tanto de la extensa duración del semáforo, una especie de “cooperativa de personas en situación de calle” recorre la hilera de autos detenidos pidiendo monedas, billetes o cigarrillos, sin hacer malabares o limpiar los vidrios. En esa esquina, con una gran cantidad de autos atrapados por el semáforo, no es necesaria ninguna contraprestación.

La caminata se puso buena. Cincuenta metros más adelante hay una iglesia evangélica de gran convocatoria cuyos fieles se reúnen en círculos de cinco o seis personas, para orar, con las ventanas abiertas de par en par. Si tuviera diez años menos, reduciría mi marcha para escuchar las mismas y luego narrarlas en un blog, pero como soy un adulto responsable sigo caminando para llegar a casa temprano. En la esquina siguiente, un lavadero muy chiquito que acostumbraba tener un cartel escrito a mano que ordenaba “Señores clientes: retiren sus acolchados”, lo ha cambiado por otro que avisa: “Los acolchados que no sean retirados antes del 31/12 serán donados a una entidad benéfica”. Me pregunto cuál es esa entidad y no veo la hora de que llegue el 2015 para leer el nuevo cartel.

Cien metros me separan de lo mejor del viaje y en el aire comienza a percibirse una atmosfera mucho más saludable que la de algunas cuadras atrás. La vestimenta de las personas a mi alrededor no deja dudas de que estamos llegando al parque. Esas son las mejores cuatro cuadras de todo el camino. El Parque Chacabuco está siempre lleno de gente. Corren, caminan, fuman, hacen yoga, tae kwon do, parkour y muchas actividades más.

Durante algunos meses del año recorrí este camino al trote, como uno más de los cientos de “runners” que pasan por ahí, pero la hernia de disco, la rodilla y el gemelo de la pierna derecha me obligaron a cruzarlo caminando. Algunos gordos muy transpirados avanzan por el parque dando grandes zancadas que no coinciden con el peso que seguramente muestre la balanza, pero su estado físico es envidiable. Estoy seguro que podría ganarle a cualquiera de ellos en una carrera de 100 metros, pero también sé que perdería en cualquier prueba de resistencia.

También están los flacos fibrosos. Esos que no se pierden una sola de las carreras que se organizan en la ciudad y que avanzan, a toda velocidad, zigzagueando entre nosotros, los caminantes y los corredores más lentos o especulativos. Estos últimos simplemente caminan con una botellita de agua en la mano y con la música sonando en sus auriculares a todo volumen.

Son las mejores cuatro cuadras durante las cuales siento que estoy haciendo ejercicio aunque camine demasiado lento para lograr quemar alguna caloría. Decenas de mujeres circulan en ambos sentidos con ajustada y colorida ropa deportiva. Algunas lucen físicos duramente trabajados, seguramente obtenidos gracias a largas caminatas en el parque y vómitos después de las comidas. Otras, solo pueden lucir su lujosa ropa deportiva.

En cuanto el parque llega a su fin comienza la verdadera aventura. Las cuadras que siguen contrastan de manera dramática con las coloridas y saludables cuadras del Parque Chacabuco. Si bien todavía me cruzo con algunas personas que se dirigen hacia el parque o que regresan de él, el flujo de peatones que circula por esas veredas se reduce drásticamente. Hay menos luminarias públicas y las pocas que están, casi no iluminan. Los que caminan por allí son personas como yo, que vuelven de sus trabajos cansados y de mal humor. Yo mismo abandono la sonrisa estúpida que me produjeron las mujeres del Parque y adopto un gesto duro para dejarle bien claro, a toda persona que me cruce por ahí, que más le vale no meterse conmigo.

Cualquiera de los que transitamos por ese lugar podríamos ser un desquiciado o un asesino en potencia, por eso nadie hace contacto visual con nadie. No hay mujeres durante ese trayecto y si las hay, caminan rápido, apuradas, como escapando de alguno de los psicóticos que por allí andamos. Hacen bien. Cualquiera de nosotros podría secuestrarlas, matarlas y descuartizarlas. Sé que yo no soy así, pero no puedo poner las manos en el fuego por ninguno de los que se cruzan conmigo.

Las personas que esperan el colectivo en cada una de las esquinas lo hacen incomodas, nerviosas, observando quien está detrás de ellas a cada instante. Imagino que para protegerse deben ocultar en sus bolsos algún tubito de gas pimienta o una de esas pequeñas maquinitas electrocutadoras.

Ya dije que no hay mujeres. Tampoco hay negocios abiertos (con excepción de chinos, verdulerías y bares), personas paseando a sus perros o ancianos. Solamente desquiciados caminando sin sentido, y los pasajes y cortadas que se cruzan en el recorrido, no hacen más que darle un aspecto todavía más lúgubre al camino y al finalizar esas diez cuadras, todavía falta lo peor.

Si fuera de día (muchas veces realizo el mismo recorrido de día) me desviaría veinte metros para tomar una calle que me deja directamente en la esquina más cercana de mi casa. Pero es de noche y ni siquiera lo evalúo. Prefiero caminar por la avenida porque las calles de adentro están absolutamente desiertas. No hay comercios, no hay niños jugando en la calle ni hombres sentados en la puerta de sus casas y a veinte cuadras de allí, está “la 1-11-14” a donde se sabe, personas de toda la ciudad van a comprar drogas. Los que no llegan a la villa en el 76, lo hacen caminando por las calles que atraviesan el recorrido. Si caminara por adentro no tendría a donde escapar, por eso camino por la avenida.

No soy una persona que tenga miedo. Camino por la calle a cualquier hora sin problema alguno. Intento no ver noticieros para evitar sugestionarme con las malas noticias, pero no estoy tan demente como para caminar tres cuadras a oscuras con la idea de que nada malo me puede pasar.

La avenida no es mucho mejor. Solo quedan un par de negocios que todavía están intentando cerrar y algunos peatones inseguros transitando por esas amplias veredas que permiten divisar, con bastante anticipación, a la persona con la que te vas a cruzar. Las luces son escasas y las penumbras reinan. El nivel socioeconómico de los que por allí circulan es bastante menor al de los que caminaban por el parque y noto que las pocas mujeres con las que hago contacto visual, me miran como mirarían a un degenerado que estuviera a punto de atacarlas. Imagino que saben que si no soy yo, es muy probable que el degenerado sea el que viene atrás. Quienes caminan por delante y en el mismo sentido que yo, giran sobre si mismos para asegurarse de que no estoy avanzando más rápido que ellos, intentando sorprenderlos desde atrás para arrebatarles alguna pertenencia. No somos paranoicos. Yo mismo he visto más de un arrebato en esas cuadras y queremos ser precavidos para anticiparnos a éste cuando nos toque a nosotros. Todos somos sospechosos.

Llego a la esquina de casa. Tengo que cruzar y doblar pero no es tarea sencilla. El semáforo de la avenida se pone en rojo sólo para que los peatones puedan cruzar, por lo que prácticamente ningún vehículo lo respeta. El 76 viene repleto y no se detiene en la parada que siempre está abarrotada de pasajeros a la espera de su llegada. Si el chofer tuviera la mala idea de respetar el semáforo, se vería rodeado de familias obligándolo a abrir sus puertas y desde arriba, los mismos pasajeros lo increparían para que no lo hiciera. Por lo que toma la sabía decisión de doblar a toda velocidad aunque el semáforo esté en rojo.

Para cruzar, hay que observar tres o cuatro veces hacia la esquina y asegurarse de que no hay ningún colectivo a punto de girar. Los últimos cincuenta metros son aburridos. Ningún vecino para saludar, ningún negocio, ni abierto ni cerrado. La cuadra es oscura, desierta y larga, pero es mi cuadra. La cuadra de mi casa.

Miro de reojo para asegurarme que nadie me sigue de cerca y meto la llave en la cerradura, entro y me entrego a la vida familiar. Cerca de la medianoche saldré con los perros para que hagan sus necesidades. Algunas noches levantaré sus desechos, otras me haré el distraído.

En menos de 24 horas volveré a recorrer el mismo camino. En 48, lo haré otra vez.

 

Leandro Menéndez (@ajenoaltiempo)

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