Damian Pieramici en los pagos de Don Segundo

Museo Ricardo Güiraldes

Cuando estábamos por arrancar con Diario de Babel, con Damian Pieramici hicimos un pacto: el tendría que mandarme fotos semanal o quincenalmente y yo, sobre alguna de esas fotos, debería escribir algunas palabras.

Yo no tengo capacidad de sacar buenas fotos y con el tremendo ojo que Damian tiene para capturar momentos con su cámara, no necesita escribir una palabra. Por eso coincidimos en que deberíamos trabajar en equipo.

Damian sacó muchas fotos y varias de ellas fueron publicadas aquí pero cuando me envío esta última tanda de imágenes, por primera vez me vi en un dilema dificil de resolver:

San Antonio de Areco es sinónimo de campo, de gauchos y, principalmente, de Güiraldes y su eterno Don Segundo Sombra.

Es por eso que, mientras miraba una y otra vez las fotos que tenía en mi correo, no dejaba de pensar que, para acompañarlas, tenía que escribir alguna palabra gauchesca pero no lo hice.

Dilaté el momento de publicarlas todo el tiempo que pude, pero cuando el fotográfo en cuestión me intimó a hacerlo bajo amenaza de llevarse sus fotos a otro portal, decidí que la mejor manera de acompañar estás hermosas imágenes, era con este gran fragmentos escrito por Ricardo Güiraldes:

Y esa tarde iba a sufrir el peor golpe.   
Miré el reloj. Eran las cinco. Monté a caballo y fui para el lado del callejón, donde hallaría a mi padrino. Resultaba ya imposible retenerlo, después de tanta insistencia inútil. El estaba hecho para irse, siempre, y tres años de permanencia en un lugar, lo habían saturado de inmovilidad. Demasiado sentía yo en mí la sorbentesugestión de todo camino, para no comprender que en Don Segundo huella y vida eran una sola cosa. ¡Y tenerme que quedar! 
Nos saludamos como siempre.
A la par, tranqueando, hicimos una legua por el callejón. Entramos a un potrero, para cortar campo, y llegamos hasta la loma nombrada “del Toro Pampa”, donde habíamos convenido despedirnos. No hablábamos. ¿Para qué? 
Bajo el tacto de su mano ruda, recibí un mandato de silencio. Tristeza era cobardía. Volvimos a desearnos, con una sonrisa, la mejor de las suertes. El caballo de Don Segundo dio el anca al mío y realicé, en aquella divergencia de dirección, todo lo que iba a separar nuestros destinos. 
Lo vi alejarse al tranco. Mis ojos se dormían en lo familiar de sus actitudes. Un rato ignoré si veía o evocaba. Sabía cómo levantaría el rebenque, abriendo un poco la mano, y cómo echaría el cuerpo, iniciando el envión del galope. Así fue. El trote de transición le sacudió el cuerpo como una alegría. Y fue el compás conocido de los cascos trillando distancia: galopar es reducir lejanía. Llegar no es, para un resero, más que un pretexto de partir.

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