El libro menos pensado

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Existen muchas maneras en que un libro llega a nosotros. Están esos que compramos, que vamos a las librerías y seleccionamos luego de una intensa búsqueda entre estantes abarrotados de títulos, muchos de ellos, desconocidos. Es habitual, que las mesas de saldo, ubicadas justo en la entrada de las librerías de la calle Corrientes, contengan sorpresas que jamás imaginamos encontrar con una rebaja semejante. En esas mismas mesas, se puede encontrar un libro que desconocemos y que permanece completamente ignorado por la critica literaria, detrás de otros más conocidos, librado a la suerte de quien allí lo encuentre, como si estuviera destinado a ser encontrado por ése lector que finalmente le dará un lugar privilegiado en su biblioteca o mesita de luz.

Otra forma en la que un libro llega a nosotros es cuando las editoriales anuncian con bombos y platillos el lanzamiento del nuevo título de nuestro autor favorito. Todos tenemos dos, tres o más autores a los que seguimos y de cuyas carreras nos mantenemos pendientes. Quizás porque nos gusta su forma de escribir, o porque el personaje principal de su última novela logró engancharnos a punto tal de aguardar, casi con desesperación, a que el autor decida que su nueva historia incluya al mismo protagonista. O quizás, simplemente, porque ese nuevo título forma parte de una saga con la cual nos hemos involucrado y que ya no podemos abandonar aunque sepamos que es hora de hacerlo. En casos como este, es mejor pasar por la librería durante los días de cobro o asegurarse de tener un buen saldo disponible en la tarjeta de crédito.

Un libro es un gran regalo. Para personas como yo, regalar un libro es la única opción. Nunca falla. Aunque después de dos o tres cumpleaños regalándole uno a la misma persona, comienzo a notar que el agasajado lleva libro y medio de retraso con respecto al último obsequio y me obligo a encontrar otra alternativa para el próximo año. Recibir un libro también me agrada, aunque no sean tantas las veces en que me toca recibirlo.

Existen también los libros que heredamos de algún familiar o amigo. Libros que trajimos de la casa de nuestros padres porque consideramos que eran nuestros aunque siempre hayan tenido su lugar en una biblioteca ajena.

Claudia Piñeiro, en una nota que leí hace bastante tiempo, describía la manera en que los libros se reproducían de manera misteriosa en su casa. En donde sabía que había tres libros, en cuestión de meses aparecían dos o tres más. La mesa de luz, su escritorio, la mesita para tomar café o apoyar los pies frente al sillón; pilas de libros que, día a día, sin saber exactamente cómo, se iban haciendo más altas. Claro que, a los que no tenemos la suerte de participar del mundo editorial desde adentro, los libros no nos llegan por arte de magia como a ella pero nos las arreglamos para, de pronto, encontrarnos con un libro que parece haber estado siempre en nuestra biblioteca aunque no tengamos la menor idea de donde salió.

En ocasiones, ese título desconocido, de cuyo autor no tenemos referencia y cuya procedencia desconocemos, termina por llamarnos la atención más que otros que teníamos pensado leer y nos invita a recorrer, casi sin compromiso, sus primeras páginas para conocer de que se trata, hasta que por fin nos termina cautivando de manera especial. Es cierto que muchas veces puede ser un fiasco y terminamos por comprender la razón de haberlo abandonado entre otros mucho mejores. Pero cuando no falla, cuando ese librito desconocido y del que no esperábamos nada termina enamorándonos de manera imprevista, experimentamos una de las mejores sorpresas que un autor nos puede dar.

Descubrir un libro por sorpresa nos puede hacer descubrir un nuevo autor, desconocido hasta el momento, que nos de la bienvenida a un nuevo tipo de literatura. Una tapa, una reseña, la ubicación de un libro en la estantería de un negocio, puede influir en nuestra decisión a la hora de comprar un libro. Vaya a saber que parámetro utilizan estos extraños libros, para elegirnos a nosotros.

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